Indefensión aprendida. ¿Creer que no puedes te impide aprender?

¿Alguna vez te has sentido incapaz de lograr algo, aunque lo intentaras una y otra vez? Quizá lo has vivido en la escuela, en el trabajo o en tu vida personal. Esa sensación de rendirse ante la dificultad, no siempre es falta de interés ni de esfuerzo, es ‘indefensión aprendida’. Así lo denominó Martin Seligman, considerado el padre de la psicología positiva. Este concepto nos ayuda a comprender por qué, a veces, las personas dejamos de intentar cambiar nuestra situación aun cuando existe la posibilidad de hacerlo. Y, sobre todo, nos invita a reflexionar sobre cómo podemos transformar ese sentimiento en motivación y crecimiento.

El origen del concepto

La indefensión aprendida fue descrita por primera vez en los años 60 por Martin E. Seligman y Steven Maier, ambos investigaban el comportamiento animal ante situaciones de estrés incontrolable. En su experimento clásico, aplicaron estímulos eléctricos leves a dos grupos de perros: uno podía detenerlos mediante una acción, el otro no podía porque eran imprevisibles. Cuando ambos grupos fueron expuestos después a una situación en la que podían escapar, los animales del segundo grupo permanecieron inmóviles, aunque tenían la posibilidad de huir. Habían aprendido a sentirse indefensos. Este experimento, descrito en múltiples estudios (Seligman y Maier, 1967; Maier y Seligman, 1976), reveló cómo la exposición repetida a un estímulo indeseado, y la falta de control frente a él, puede generar una respuesta psicológica de pasividad y resignación. Décadas después, Seligman llevó este concepto al ámbito humano, demostrando que las personas también pueden desarrollar actitudes similares ante la frustración o el fracaso. Y este experimento tiene una evidente aplicación en el aula. Veamos.

Del laboratorio al aula

En educación, la indefensión aprendida se manifiesta cuando un alumno, una alumna, cree que no puede mejorar o tener éxito, aunque se esfuerce. Esto puede originarse con experiencias repetidas de fracaso o en contextos donde no se refuerza la sensación de competencia y autonomía. O cuando las expectativas que tenemos son bajas. Muchas veces en nuestra mirada los niños observan que creemos que no van a poder, que no confiamos en sus capacidades. Y esto les marca, y todavía marca más a un niño si esa mirada es la de su madre, la de su padre. Seligman ilustró la indefensión aprendida a través de un experimento con anagramas. En este experimento, una profesora entrega a dos grupos de estudiantes tres palabras para formar anagramas, es decir, palabras que se crean al reordenar las letras (amor – mora, saco – cosa, etc.). Al primer grupo se le asignan dos anagramas fáciles y uno difícil; al segundo, dos imposibles y uno fácil. Aunque la tercera palabra era la misma para ambos grupos, quienes recibieron las dos primeras palabras irresolubles mostraron tendencia a rendirse en la tercera palabra que sí podía resolverse. ¿Qué había ocurrido? Habían aprendido, en cinco minutos, que su esfuerzo no había servido y, por ello, pusieron menos interés en la resolución del tercer anagrama. Este experimento muestra cómo la percepción de fracaso puede bloquear la motivación y la capacidad de aprendizaje.

Implicaciones en la educación

La investigación confirma que la percepción de autoeficacia influye directamente en el rendimiento académico (Bandura, 1997). Cuando un niño percibe que su esfuerzo influye en los resultados, tiende a perseverar y a desarrollar estrategias más efectivas. Sin embargo, si asocia el fracaso con la incapacidad personal, se instala la indefensión aprendida.

En el aula, esta dinámica puede observarse cuando algunos estudiantes siempre obtienen mejores resultados, pero hay niñas y niños que no siguen la dinámica del aula y, sobre todo, se sienten incompetentes. Si nosotros como docentes no intervenimos, quienes se sienten menos capaces pueden creer que no pueden aprender. Por eso es fundamental fomentar experiencias de éxito, reconocer el esfuerzo y acompañar los procesos de aprendizaje.

En el aula, esto ocurre más a menudo de lo que imaginamos. Muchas veces son los contextos los que crean en nuestro alumnado esa barrera mental que les impide avanzar.

¿Cuántas veces hemos escuchado ‘es que este niño no se esfuerza, es que es muy vaga, no tiene interés…’, ¿nos planteamos que quizá esa dejadez es fruto de que no ha experimentado el placer de aprender?

Psicología positiva y mentalidad de crecimiento

Seligman, a través de la psicología positiva, propuso un enfoque centrado en las fortalezas humanas, el bienestar y la resiliencia. La psicología positiva, desarrollada en la Universidad de Pensilvania, estudia qué hace que las personas prosperen y cómo las instituciones pueden crear ambientes saludables y motivadores. Carol Dweck (2006) complementó esta visión con su teoría de la mentalidad de crecimiento. Demostró que creer en la posibilidad de mejorar a través del esfuerzo transforma la forma de afrontar los desafíos. Las personas con mentalidad de crecimiento perciben el error como una oportunidad de aprendizaje. Este enfoque es clave para superar la indefensión aprendida y fomentar la resiliencia.

Estrategias para evitar la indefensión aprendida

¿Cómo podemos evitar que el alumnado caiga en la indefensión aprendida? Aquí algunas estrategias respaldadas por la investigación:

  • Fomentar la autoeficacia: ofrecer tareas graduadas que permitan experimentar el éxito (Schunk y Pajares, 2002).
  • Dar retroalimentación constructiva: centrarse en el proceso más que en la comparación.
  • Promover la reflexión: invitar a pensar en qué estrategias funcionan y cuáles no.
  • Crear entornos seguros: donde el error sea una oportunidad y no un motivo de juicio.
  • Enseñar regulación emocional: reconocer las emociones vinculadas al fracaso y aprender a gestionarlas (Gross, 2015).
  • Hacer visibles los aprendizajes, desarrollar estrategias metacognitivas desde que los niños son muy pequeños; propiciar que verbalicen lo que están aprendiendo, cómo lo están aprendiendo y cómo van a poder aplicarlo (Hattie y Clarke, 2020).

Educación inclusiva y sentido de pertenencia

La educación inclusiva propone que todas las personas participen plenamente, sin exclusiones. Esto implica construir entornos que promuevan la participación, la diversidad y el sentido de pertenencia (Booth y Ainscow, 2011). El Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) ayuda a garantizar que cada estudiante encuentre su propio camino para aprender, reduciendo así la posibilidad de indefensión aprendida.

La indefensión aprendida no es un destino, sino una experiencia que puede transformarse. Cuando educamos desde la empatía, la confianza y el acompañamiento, devolvemos al alumnado la seguridad en su capacidad para aprender. ¿Y si cada dificultad fuera una oportunidad para descubrir que sí podemos? Tal vez el cambio empiece con una palabra, un gesto o un ‘todavía no’.

Referencias y recursos multimedia

Bandura, A. (1997). Self-efficacy: The exercise of control. New York: Freeman. Disponible aquí

Booth, T., y Ainscow, M. (2011). Guía para la educación inclusiva. Consorcio UNESCO. Disponible aquí

Dweck, C. (2006). Mindset: The new psychology of success. Random House. Vídeo recomendado: The Power of Yet (Carol Dweck, TEDxNorrköping). Disponible aquí

Gross, J. (2015). Emotion regulation: Current status and future prospects. Psychological Inquiry, 26(1). Disponible aquí

Hattie, John y Clarke, Shirley (2020). Aprendizaje visible: feedback. Paraninfo: colección Didáctica y Desarrollo.

Maier, S. F., y Seligman, M. E. P. (1976). Learned helplessness: Theory and evidence. Journal of Experimental Psychology, 105(1). Disponible aquí

Pérez Esteve, Pilar. ¿Podemos educar niñas y niños optimistas? Disponible aquí

Schunk, D. H., y Pajares, F. (2002). The Development of Academic Self-Efficacy. In A. Wigfield, y J. S. Eccles (Eds.), Development of Achievement Motivation (pp. 15-31). San Diego, CA: Academic Press. Disponible aquí

Universidad de Pensilvania – Positive Psychology Center. Disponible aquí

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