Cambia tu mirada y cambiará tu realidad. El Efecto Pigmalión

¿Tenemos altas expectativas en nuestros alumnos? ¿En nuestros hijos? Cambiemos la mirada porque, quizá, cambie nuestra realidad.

En psicología se conoce como Efecto Pigmalión al poder de influencia que una persona puede ejercer en otra si muestra altas expectativas sobre sus posibilidades de lograr algo que desea alcanzar.

Históricamente la denominación proviene del mito griego de Pigmalión relatado por Ovidio en La metamorfosis (Libro X). Pigmalión, rey de Chipre, buscaba a una mujer para casarse que debía ser perfecta a sus ojos. No la encontró. Frustrado, decidió dedicarse a la escultura y esculpió a Galatea. El resultado fue que esculpió a una mujer tan hermosa que se enamoró de ella. Ovidio lo relata así:

Pigmalión se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda a los rayos del sol y se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras y haciéndose más dócil y blanda con el manejo. Al verlo, Pigmalión se llenó de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatua otra vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos.

Al despertar del sueño, Pigmalión se encontró con Afrodita, la diosa griega de la belleza y el amor. Afrodita, conmovida, le dijo “mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal”. Y así fue como Galatea se convirtió en humana. Ver

Pero el origen educativo del llamado Efecto Pigmalión lo debemos al psicólogo Robert Rosenthal. El profesor Rosenthal fue docente en Harvard y es en la actualidad Distinguished Professor en la Universidad de California. Es uno de los psicólogos del sXX más laureados y citados. Sus investigaciones se centran en la influencia de las expectativas y en la comunicación no verbal. Ver 

En 1963, Rosenthal realizó junto con el profesor Fode un experimento con animales. Rosenthal y Fode repartieron ratas criadas del mismo modo a varios investigadores a quienes informaron de que unas ratas habían sido criadas para comportarse de manera ‘inteligente’, mientras que a otras se las había educado para comportarse de forma estúpida. Las ratas tenían que aprender el recorrido de un laberinto y las del primer grupo lo hicieron significativamente mejor. El estudio concluyó que hubo una influencia inconsciente de los investigadores sobre el rendimiento de esos  animales.

Pero el estudio más famoso fue el que llevó a cabo el profesor Rosenthal con Lenore Jacobson en 1965 en una escuela primaria pública del sur de California. Su objetivo era determinar si existía relación entre las expectativas de los docentes y el resultado académico de los estudiantes.

Para ello, pasaron un test de Harvard para determinar el Cociente intelectual (CI) de los niños y niñas de un grupo. Informaron a los profesores de que unos determinados niños y niñas eran especialmente inteligentes y presentaban un CI muy alto. En realidad, metieron los nombres de los estudiantes en un sombrero y los sacaron al azar. ¿Qué ocurrió? Efectivamente, los resultados de los niños y niñas que sus maestros consideraban muy inteligentes, mejoraron claramente su rendimiento académico. ¿Por qué? El estudio concluyó que las expectativas positivas influyen positivamente en el rendimiento, y las expectativas negativas influyen negativamente en el rendimiento. Este efecto fue definido por Rosenthal y Jacobson como Efecto Pygmalion.

Pero, lo que más nos interesa como docentes es analizar qué ocurrió para que los niños mejoraran efectivamente su rendimiento. Parece ser que tres comportamientos determinantes en los docentes.

  • Mayor interacción: los docentes realizaban, aun de manera inconsciente, interacciones más personales, comentarios más extensos, explicaciones más largas y variadas si no entendían lo que se estaba explicando.
  • Mayor refuerzo emocional: más gestos de aprobación, más sonrisas.
  • Mayor atención: se les ofrecían más recursos complementarios, más lecturas y mayor exigencia.

En definitiva, cuanto más esperamos de alguien más probable es que actuemos de tal manera que propiciemos el comportamiento esperado en esa persona.

¿Tenemos altas expectativas en nuestros alumnos? ¿En nuestros hijos? Cambiemos la mirada porque, quizá, cambie nuestra realidad.

Para saber más

Rosenthal’s Experiment and the Pygmalion Effect. Ver 

Center for Teaching Excellence: The Pygmalion Effect. Ver

Rosenthal, R. & Jacobson, L. Pygmalion in the Classroom. Urban Rev (1968) 3: 16. Ver

Superarse con el efecto Pigmalión. El País. Ver 

Efecto Pigmalión: por una educación sin etiquetas. Blog tiching. Ver

 

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